
La palabra emoción significa “movimiento hacia”.
Cuando tenemos una emoción positiva, negativa o neutra lo siguiente es tomar una decisión y accionar o no. Esto significa que cuando recibimos algo del exterior por medio de nuestros sentidos, le damos una calificación para nosotros mismos y luego hacemos algo al respecto o no. No hacer nada también es una decisión y genera un resultado sobre algo.
Por ejemplo, oímos una bocina de un coche cuando estamos por cruzar o cruzando la calle… ¿Cuál es la emoción? El miedo. ¿Qué hacemos? Corremos para llegar al otro lado o bien nos quedamos quietos, ¿verdad? Así pasa con todas nuestras emociones. Le damos una calificación de buena, mala o neutra y actuamos en consecuencia.
¿Cuándo empezamos a distinguir nuestras emociones?
Como ya vimos las emociones surgen en nuestro cerebro límbico que es donde se encuentra nuestra memoria a largo plazo (nuestros recuerdos pasados). Es decir, todo lo que hemos experimentado, aprendido, visto, oído, tocado, olido y gustado en el transcurso de nuestra vida. Esto quiere decir que nuestra emoción está condicionada por todas las experiencias que tuvimos con otras personas, (sobre todo nuestros padres) o la persona encargada de nuestro cuidado durante la infancia y nuestras experiencias propias, hasta la madurez de nuestro cerebro pensante o neocórtex.
Esta madurez empieza desde los 2 o 3 años y llega hasta los 23 años aproximadamente. Antes de los 3 años nuestro cerebro reptiliano es el que utilizamos. Cuando estamos incómodos simplemente lloramos y nuestra mamá sabe que debe darnos de comer, hacernos dormir o cambiamos el pañal. O sea, son nuestras necesidades básicas las que representan nuestro mayor interés. Si las tenemos satisfechas está todo bien. Hasta aquí aún no podemos manejar o entender nuestras emociones.
Luego, cuando llegamos a los 2 o 3 años nos damos cuenta de que podemos decidir con qué o con quién jugar, que comer, etcétera. Empezamos decidir que nos gusta y que no.
Pero también nos damos cuenta de que en ocasiones nuestras decisiones entran en rivalidad con la de nuestros padres y es aquí donde aparecen las rabietas. Es el momento donde empezamos a gestionar nuestras emociones y darles el valor de negativa, positiva o neutra. Los valores que nuestros padres o referentes tenían juegan un papel muy importante en nuestras decisiones y el valor que nosotros le asignamos a nuestras emociones. Porque con esa información vamos a actuar en consecuencia. Quiere decir que vamos a imitar o aprender los valores que ellos tengan o tenían y cómo actúan. No solo de lo que nos digan sino también de lo que hagan y sobre todo esto último. Si tus padres te dan lo necesario para que entiendas el porqué no “te saliste con la tuya”. Te ayudan a entender que no siempre es mejor hacer las cosas a tu manera y que debes pensar antes de actuar. Además de que cada acción que yo decida hacer va a tener resultados o consecuencias. Hasta ahí creo que se entiende y que de seguro lo has aprendido así o como se estilaba antes, no te explicaban demasiado y te daban alguna palmada u algún castigo más rudo.
Por otro lado, si la manera de actuar de ellos no era igual a lo que te decían, lo que aprendiste es lo que hacían.
¿Por qué? Porque aprendemos más de lo que vemos o practicamos y por eso imitaremos lo que vemos antes de lo que oímos.

CONO DEL APRENDIZAJE DE EDGAR DALE
Por ejemplo, si nuestra mamá nos decía que mentir es malo y que no está bien y sin embargo la oíamos y veíamos mentir cuando le decía algo a alguien, ¿qué ejemplo tuvimos?
Lo más probable es que aprendimos a mentir o que nos es tan mal. Por lo tanto, la emoción que se genera al mentir es neutra. Puesto que si bien se nos dijo que era malo vimos que si lo hacían.
Aquí lo que sucede es una incongruencia.
En cambio, si aprendemos que mentir tiene una consecuencia y se nos hace retractarnos y decir la verdad, la próxima vez que queramos hacerlo pensaremos en la consecuencia anterior. Por ejemplo, la vergüenza que sentimos al retractarnos y decir la verdad o el miedo a dicha consecuencia como por ejemplo perder la confianza de nuestros padres o la persona afectada. Además de privilegios cuando somos chicos como, salir a jugar o alguna cosa que se nos prohíbe por un tiempo, como para que recapacitemos y entendamos. Aquí empezamos a entender que pasa interiormente frente a distintas situaciones. También comenzamos a crear nuestros valores. El niño tiene que entender que lo que no se aprueba es la acción, no el niño o niña.
Por otro lado, si en nuestro hogar eran más frecuentes los castigos y las reprensiones, como por ejemplo nos decían, ¡no hagas eso!, ¡eres mala! y así por el estilo, pero, en cambio muy poco frecuentes o nulo los estímulos y los elogios, lo que pasa es que crecemos carentes de autoestima o valía. Nos llenamos de emociones negativas y estaremos siempre en busca de la aprobación de nuestros padres o de otras personas.
El equilibrio es muy importante para crecer con autoestima y límites definidos.
¿Cómo transformar estas emociones negativas?
Recuerda que lo que clasificamos como emociones negativas lo aprendimos desde niños. Entonces podemos decir que para transformarlas debemos dejar de juzgarlas, ya que cuando les dimos ese valor lo tomamos de lo que nos dijeron o hicieron otras personas. Ahora que ya sabemos que las emociones no son buenas ni malas hasta que les damos un significado, es hora de conocerlas bien.
Para ello un buen ejercicio es sentir tu emoción. Piensa en qué parte de tu cuerpo la sientes y descubre de dónde viene. ¿Qué emoción es? Miedo, tristeza, enojo, etcétera.
Por ejemplo, si creciste en un hogar en el cual era muy frecuente que se te dijera, “no hagas esto y no hagas aquello”. Crecerás con la creencia de que “no puedes” hacer nada y con baja autoestima y autoconfianza. Una emoción de miedo a experimentar otras cosas o a enfrentar situaciones.
Al entender que esta creencia de ti misma no es tuya necesariamente, la puedes corregir. ¿Cómo? Enfrentando las situaciones que se te presenten y en vez de decirte a ti misma “no puedo”, te dices: “no sé bien cómo, pero lo voy a solucionar”. Así le vas dando a tu cerebro de que “sí puedes” y eres capaz, seguido de las acciones necesarias para resolver ese problema o desafío que enfrentas. Al resolverlo descargas en tu cerebro nueva información que lo alimenta a creer que sí puedes y eres capaz. Esto generará una emoción positiva y orgullo de ti misma. Reforzando tu autoestima y tu autoconfianza
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